Cuando tenía 6 años nos mandaron a comprar un libro para aprender a leer. Yo estaba en primer grado, no sabía leer ni multiplicar. Las series de números que me hacían repetir para -cuando sea grande- ser una gran empresaria, adornaban mi cuaderno de español. Pero, yo era vaga (así decía mi profesora). Odiaba las series, los números y corregir mi caligrafía. Solo éramos La Bruja Mon y yo. No nos dejaban leerlo sin supervición de un adulto. Así que le pedí a mi hermana de 7 que me acompañe en la lectura.
Después de medio año de intentarlo, lo pude terminar. Pero Tina berrea seguía allí. Ese otro cuento insignificante para cualquiera que lea a Carroll y su país de las maravillas o al precisamente así de Kipling, era mi mayor reto (el mayor que he tenido) y aunque nos obligaron a dejar a Tina para segundo grado, yo pude entender cómo berreaba antes de las vacaciones del segundo trimestre de primero.
No fueron Borges, Cortázar ni Guillén los que me hicieron amar la lectura. Fue la bruja Mon. La insignificante bruja Mon.
jueves, 13 de mayo de 2010
domingo, 2 de mayo de 2010
La danza del silencio
En el día o en la noche, da igual. Nadie nos puede ver. Nadie nos puede escuchar. La conocí rondando por aquí. Estaba triste. Yo también. Habíamos dejado atrás nuestro pasado. Decidimos volver a empezar. Los días cambiaron de color, el gris que nos opacaba se esfumó. En nuestro rincón nos amábamos como dos adolescentes que descubren su sexualidad. Cualquier experiencia pasada no existía. La primera vez que la besé, lo hice despacio. Teníamos miedo. Lo superamos. Allá en lo alto nos amamos. Veíamos gente caminar. No nos veían. Rayaban nuestra pared sin consideración. Al principio, lo dejé pasar. Pero, esa noche fue imposible controlarme.
Estaban ahí. Dos jovencitos quinceañeros, que creían que podían amar. Recuerdo que ni siquiera la acariciaba. Eran tan salvajes que mis ojos se escondieron del terror. Jamás podré describir la furia que me llenaba. De repente vi mis manos sobre el cuello de aquel chico. Se sentía tan bien. La sangre de su garganta recorría mis brazos, mis piernas, mi cuerpo. La chica gritaba. No se como explicar el fastidio que me provocaba su voz chillona. Le dije que se callara y no me escuchó. Hasta que al fin encontré silencio. Que rico fue escuchar poco a poco apagarse aquel chillido marcial. Desde que mi puño reventó su boca, y mi boca arrancó su lengua, habían pasado unos minutos. Que bien se sintió todo eso.
Mientras yo me regocijaba en un baño de sangre aún caliente. Ella pasó. No lo podía creer. Sus ojos que alguna vez me vieron con amor, ahora me veían con asco. Yo tampoco la podía ver igual. Ya no me daba tanto placer amarla como matarla. Estaba confundido. No quería, pero a la vez si quería. Ella lo notó. Se acercó y me besó. Fue el beso que jamás olvidaré. El que selló nuestro amor. Tuve que hacerlo. Le arranque su corazón. Es que igual ya estaba muerto, así, como yo.
Estaban ahí. Dos jovencitos quinceañeros, que creían que podían amar. Recuerdo que ni siquiera la acariciaba. Eran tan salvajes que mis ojos se escondieron del terror. Jamás podré describir la furia que me llenaba. De repente vi mis manos sobre el cuello de aquel chico. Se sentía tan bien. La sangre de su garganta recorría mis brazos, mis piernas, mi cuerpo. La chica gritaba. No se como explicar el fastidio que me provocaba su voz chillona. Le dije que se callara y no me escuchó. Hasta que al fin encontré silencio. Que rico fue escuchar poco a poco apagarse aquel chillido marcial. Desde que mi puño reventó su boca, y mi boca arrancó su lengua, habían pasado unos minutos. Que bien se sintió todo eso.
Mientras yo me regocijaba en un baño de sangre aún caliente. Ella pasó. No lo podía creer. Sus ojos que alguna vez me vieron con amor, ahora me veían con asco. Yo tampoco la podía ver igual. Ya no me daba tanto placer amarla como matarla. Estaba confundido. No quería, pero a la vez si quería. Ella lo notó. Se acercó y me besó. Fue el beso que jamás olvidaré. El que selló nuestro amor. Tuve que hacerlo. Le arranque su corazón. Es que igual ya estaba muerto, así, como yo.
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