CARA SUCIA

Lo que se les olvidó limpiar.. .

lunes, 16 de agosto de 2010

La garra

Unos muslos azarosos engatusan al extraño par de niñas asexuales que solo buscan diversión.
¡Qué infortunio el de mis manos no poder caminar sobre tus piernas!
Inocuas mellizas, se esconden del patrón social de lo adecuado, migran mojigatas hacia la línea férrea de lo prohibido.
Lo perverso, lo malvado, lo inefable de las caricias que ellas dan y no reciben
Gemelas orgullosas atarzanan lo más débil del pantalón y queriendo sin querer danzan las locas en la plaza.
Monja sola, monja amarga, no te escapes del sermón.
Allá, arriba,  te ven los ojos, te ven correr desde la casa,
¿qué has sentido monja acerba? ¡Has perdido el control!

jueves, 13 de mayo de 2010

No fue un cuento cualquiera

Cuando tenía 6 años nos mandaron a comprar un libro para aprender a leer. Yo estaba en primer grado, no sabía leer ni multiplicar. Las series de números que me hacían repetir para -cuando sea grande- ser una gran empresaria, adornaban mi cuaderno de español. Pero, yo era vaga (así decía mi profesora). Odiaba las series, los números y corregir mi caligrafía. Solo éramos La Bruja Mon y yo. No nos dejaban leerlo sin supervición de un adulto. Así que le pedí a mi hermana de 7 que me acompañe en la lectura.
Después de medio año de intentarlo, lo pude terminar. Pero Tina berrea seguía allí. Ese otro cuento insignificante para cualquiera que lea a Carroll y su país de las maravillas o al precisamente así de Kipling, era mi mayor reto (el mayor que he tenido) y aunque nos obligaron a dejar a Tina para segundo grado, yo pude entender cómo berreaba antes de las vacaciones del segundo trimestre de primero.
No fueron Borges, Cortázar ni Guillén los que me hicieron amar la lectura. Fue la bruja Mon. La insignificante bruja Mon.

domingo, 2 de mayo de 2010

La danza del silencio

En el día o en la noche, da igual. Nadie nos puede ver. Nadie nos puede escuchar. La conocí rondando por aquí. Estaba triste. Yo también. Habíamos dejado atrás nuestro pasado. Decidimos volver a empezar. Los días cambiaron de color, el gris que nos opacaba se esfumó. En nuestro rincón nos amábamos como dos adolescentes que descubren su sexualidad. Cualquier experiencia pasada no existía. La primera vez que la besé, lo hice despacio. Teníamos miedo. Lo superamos. Allá en lo alto  nos amamos. Veíamos gente caminar. No nos veían. Rayaban nuestra pared sin consideración. Al principio, lo dejé pasar. Pero, esa noche fue imposible controlarme.
Estaban ahí. Dos jovencitos quinceañeros, que creían que podían amar. Recuerdo que ni siquiera la acariciaba. Eran tan salvajes que mis ojos se escondieron del terror. Jamás podré describir la furia que me llenaba. De repente vi mis manos sobre el cuello de aquel chico. Se sentía tan bien. La sangre de su garganta recorría mis brazos, mis piernas, mi cuerpo. La chica gritaba. No se como explicar el fastidio que me provocaba su voz chillona. Le dije que se callara y no me escuchó. Hasta que al fin encontré silencio. Que rico fue escuchar poco a poco apagarse aquel chillido marcial. Desde que mi puño reventó su boca, y mi boca arrancó su lengua, habían pasado unos minutos. Que bien se sintió todo eso.
Mientras yo me regocijaba en un baño de sangre aún caliente. Ella pasó. No lo podía creer. Sus ojos que alguna vez me vieron con amor, ahora me veían con asco. Yo tampoco la podía ver igual. Ya no me daba tanto placer amarla como matarla. Estaba confundido. No quería, pero a la vez si quería. Ella lo notó. Se acercó y me besó. Fue el beso que jamás olvidaré. El que selló nuestro amor.  Tuve que hacerlo. Le arranque su corazón. Es que igual ya estaba muerto, así, como yo.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Mis patas de cucaracha

Odio a las cucarachas
de aspecto anti-higiénico,
su nombre en su expresión.
Se dislizan rápidamente por el suelo,
y sus patas se pierden entre sus alas.
Las odio.
Odio más sentirme identificada con ellas.
Soy una cucaracha.
Un vil bicho que carcome la suciedad y asusta a los niños.
Soy una cucharacha.
Un animal de aspecto detestable que provoca un sopor nauseabundo.
Soy una cucaracha, sí, una puta cucaracha.
Me deslizo por los caminos y ensúcio el ambiente.
Soy una cucaracha.
Una cucaracha que teme que la aplasten.
Una cucaracha que lucha por su vida.
Una cucaracha que se resigna a su aspecto.
Una cucaracha que rueda por el mundo.
Una cucaracha con un nombre feo.
Una cucaracha  que no inspira un poema.
Una cucaracha que los elegantes detestan.
Una cucaracha, en fin, lo que ellos llaman cucaracha.

miércoles, 10 de marzo de 2010

El sol del campo no llega a la ciudad

En la ciudad, los amaneceres nunca son los mismos, pero siempre son iguales. En el campo, parecen todos iguales, pero nunca son los mismos.
Parece de insurgentes izquierdosos levantarse con el cacareo de un gallo que tiene de pista la canción del Che. Pues muchos de los que estaban presente no lo eran, y aún así formaron un frente.
Unas horas anormales fuera del casco civilizatorio estropeaban la rutina de limpieza de los pendejos que temían las más grandes pandemias en su homogénea piel. Yo era de la otra clase de pendejos, los que se arriesgaban sin importarles nada y veían todo como algo nuevo y maravilloso. Tal vez es peor ser esta clase de pendejo, por que no eres pendejo por cobarde, sino por ignorante. Ignoras que la naturaleza es más real que el puente que siempre cruzas para ir a la universidad. Lo ves como algo externo, alejado de lo innegable. Y así, formulas según tú una oración estructuralmente bien elaborada, con tropos retóricos y excelente puntuación. En el momento que boca suelta el sonido de las palabras que tu cerebro ha formulado, aquella oración retóricamente enriquecida toma forma de pendejadas y diluye el extramboticismo y la elegancia. 

Caminamos hasta que el olor nos dejo saber que habíamos llegado. Las vacas no notaron nuestra presencia. No les importaba. No fingían ser lo que no son. Mixionaban y evacuaban sin avergonzarse. Respetaban su naturaleza y nosotros también tratábamos de hacerlo. 
Al salir de las vacas, seguimos a los caballos. Daule estaba de fiesta y los caballos eran los invitados principales. Un espectáculo de más de hora y media animó el ambiente. Al son de “yo soy tu amigo, el ganadero…” desfilaban las diferentes agrupaciones ganaderas con su respectiva reina.
Buses, tierra, monte, árboles, gallinas, caballos, vacas, campesinos, citadinos, y más, fueron protagonistas de esta experiencia. Tal vez buena, tal vez mala, pero siempre necesaria para pisar la realidad que la ciudad muchas veces esconde.  

 Foto: Noris Arroyave 
Lugar: Salitre - Ecuador